jueves, 17 de septiembre de 2009

Un extracto de Death Troopers

Aqui se les deja un extracto en español de la primera novela de terror escrita por Joe Schreiber que saldrá a la vente el próximo 13 de octubre la que además viene con un poster de regalo, este extracto aparece en Starwarsblog.com


LAS NOCHES ERAN LO PEOR.

Aún antes de la muerte de su padre, Trig Longo había empezado a odiar las horas del encierro nocturno, las sombras, sonidos y el crónicamente inestable golfo de silencio que se abría entre ellas. Noche tras noche se mantenía inmóvil en su litera, mirando al goteante techo de duracero de su celda en búsqueda de alguna distracción aceptable. A veces podía divagar, flotando en una cómoda sensación de pérdida de peso, sólo para ser despertado, con el corazón acelerado, la garganta cerrada y el estómago contraído, por algún grito o lamento, algún prisionero con una pesadilla.

Nunca faltaban las pesadillas a bordo de la Barcaza Prisión Imperial Purge.

Trig no sabía exactamente cuántos prisioneros transportaba actualmente Purge. Creía que probablemente quinientos, humanos y de otro tipo, extraídos de todos los rincones de la galaxia, justo como él y su familia habían sido recogidos hacía ocho semanas estándares. A veces los transbordadores regresaban casi vacíos; en otras ocasiones llegaban llenos de rijosos alienígenas y supuestos simpatizantes Rebeldes de cada tipo y especie. Había asesinos a sueldo y sociópatas a los que Trig no había visto nunca, seres de labios delgados que cacareaban y se burlaban en sediciosos lenguajes que, a los oídos de Trig, eran poco más que tecleos y susurros.

Cada uno de ellos parecía albergar sus propios oscuros apetitos y rencillas personales, historias personales construídas con vergonzosos secretos y obscuros deseos de venganza. Ser cauteloso era cada vez más difícil; pronto necesitarías ojos en la nuca, los cuales algunos incluso poseían. Hacía dos semanas en el comedor, Trig había notado un prisionero alto, silencioso sentado dándole la espalda pero mirándole con un solo ojo rojo en la parte posterior de su cráneo. Cada día el ser del ojo rojo parecía estar sentado más cerca. Entonces un día, sin mayor explicación, había desaparecido.

Pero no de sus sueños.

Suspirando, Trig se levantó sobre sus codos y miró a través de los barrotes hacia el corredor. La energía había sido establecida en el mínimo para pasar la noche, dándole al largo pasillo un permanente brillo gris. Los Rodianos en la celda a su lado se habían dormido, o eso fingían. Se esforzó en sentarse, regulando su respiración, escuchando los débiles ecos de los quejidos y susurros de los convictos. De vez en cuando, un droide ratón o alguna otra unidad de mantenimiento de bajo nivel, de cientos que poblaban la barcaza, pasaba por ahí en alguna tarea programada. Y por supuesto, debajo de todo ello, un sonido muy bajo casi al borde de la capacidad de audición, estaba el omnipresente fragor de las turbinas de la barcaza, surcando sin fin por el espacio.

A pesar del tiempo que había pasado a bordo, Trig no se había acostumbrado a ese último sonido, a la manera en la que cimbraba a la Purge hasta sus entrañas, subiendo por sus piernas y estremeciendo sus huesos y sus nervios. No había manera de escaparse del sonido, de la forma en la que minaba cada momento de la vida, casi tan familiar como su propio pulso.

Trig pensó en la ocasión en que, sentado en la enfermería hacía dos semanas, miró a su padre exhalar su último suspiero, y el silencio que le siguió mientras los droides médicos desconectaban los biomonitores del arruinado cuerpo del viejo, preparándose para llevárselo. Cuando el último de los monitores se calló, había escuchado el constante rugido de los motores, como un recordatorio innecesario del lugar donde se encontraba. Recordó cómo el sonido lo había hecho sentirse sólo y pequeño e inexplicablemente triste, como alguna forma de gravedad artificial que funcionaba únicamente con su corazón.

Había adivinado entonces, tal como lo sabía hoy, que sólo significaba una cosa, el cruel esfuerzo del Imperio en consolidar su poder.

Olvida la política, había dicho siempre su padre. Sólo dales lo que necesitan, o te comerán vivo.

Y ahora habían sido comidos vivos de todas maneras, a pesar de que nunca habían sido simpatizantes, no más que estafadores de baja monta, atrapados en una redada Imperial de rutina. Los motores de la tiranía continuaban, trasladándolos a través de la galaxia hacia alguna remota luna prisión. Trig sentía que el sonido continuaría, indefinidamente, incluso hasta…

“¿Trig?”

Era la voz de Kale a sus espaldas, inesperada, y Trig tembló un poco al oírla. Miró hacia atrás y vio a su hermano mayor devolviéndole la mirada. Kale era guapo a pesar de su cara contraída y arrugada por el sueño, visible sólo en perfil de tres cuartos como un fantasma suspendido por encima de la oscuridad de la celda. Kale parecía despierto a medias, como si no supiera si estaba durmiendo o despierto.

“¿Pasa algo?” preguntó Kale, en un somnoliento murmullo que sonó a: Psalgo?

Trig se aclaró la garganta. Su voz apenas había empezado a cambiar y estaba consciente de cómo podía sonar chillona cuando no ponía atención.

“Nada.”

“¿Estás preocupado por lo de mañana?”

“¿Yo?” resopló Trig. “Claro que no.”

“N’hay problema si lo estás.” Kale consideró lo dicho y gruñó. “Estarías loco si no lo estás.”

“Tu no estás asustado,” dijo Trig. “Papá nunca hubiera…”

“Iré solo.”

“No.” La palabra salió de su garganta con dolor. “Necesitamos estar juntos, es lo que papá dijo.”

“Sólo tienes trece años,” dijo Kale. “Tal vez no estás…”

“Cumplo catorce el mes que viene.” Trig sintió otra ráfaga emocional con la sola mención de su edad. “Tengo edad suficiente.”

“¿Estás seguro?”

“Si.”

“Bueno, duérmete, a ver si opinas igual en la mañana…” la pronunciación de Kale empezaba a arrastrarse al tiempo que se volvía a acostar en su litera, dejando a Trig sentado con los ojos clavados en el amplio y oscuro pasillo fuera de la celda, que había sido su no-tan-nuevo hogar.

Duérmete, pensó, y en ese mismo instante, de forma milagrosa, como si fuera posible por el poder de sugestión, incluso comenzó a tener sueño. Trig se acostó y dejó que el peso de su propia fatiga lo cubriera como una cobija, protegiéndolo de la ansiedad y el miedo. Trató de concentrarse en el sonido de la respiración de Kale, profunda y tranquilizadora, adentro y afuera, adentro y afuera.

Entonces en alguna parte de los niveles más bajos, una voz inhumana gimió. Trig se sentó, calmando su respiración, y sintió un escalofrío tensar la piel de sus hombros, brazos y espalda, trepando por su cuerpo milímetro a milímetro, erizando los cabellos de su cuello. Arriba en su litera el dormido Kale se dio la vuelta y murmuró algo incoherente.

Hubo otro grito, esta vez más débil. Trig se dijo que era solamente uno de los otros convictos, con alguna pesadilla recién extraída de la fábrica nocturna de pesadillas.

Pero no había sonado como alguien con una pesadilla. Había sonado como si un convicto, cualesquiera que fuera su especie, había sido atacado.

O se había vuelto loco.

Se sentó, completamente inmóvil, cerrando con fuerza sus ojos y esperando a que su corazón latiera más lento, por favor, late más lento. Pero no lo logró. Pensó en el ser de la cafetería, el prisionero desaparecido cuyo nombre nunca había conocido, mirándolo fijamente con su ojo rojo. ¿Cuantos otros ojos no lo habían visto sin que él lo supiera?

Duérmete.

Pero ya sabía que no podría dormir más esa noche.

Traducido por Mario A. Escamilla.

Fuente korpil.net


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